Política 2.0 según Enrique Dans
Imagen de John Parada
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Política 2.0

¿Se ha parado a pensar alguna vez cuál es su relación con la política? Somos ciudadanos de una democracia, se supone que el más depurado de
los sistemas políticos y, sin embargo, observe la realidad: ¿cuándo fue
la última vez que se sintió representado por un político? Realmente,
las cosas no están funcionando como deberían funcionar. La implicación
de los ciudadanos en la política activa dista mucho de ser la ideal, y
se acerca a situaciones demenciales, a contrasentidos flagrantes que
reclaman urgentes acciones correctoras.

Como ciudadanos, ¿cuál es nuestra implicación en la política? Simplemente, emitir un voto cada cuatro años, que se produce además
después de una furiosa campaña de marketing en la que una serie de
partidos nos ofrecen mensajes vacíos, carentes de contenido, cada vez
más cercanos al marketing de consumo. En una era en la que las
ideologías pasan cada vez más a un segundo plano, los partidos nos
venden cada día más una identificación, una marca, una auténtica
patente de corso: vótame, para que pueda hacer durante cuatro años lo
que me dé la gana. Nada que tú, votante, digas o hagas durante los
cuatro años de poder que me otorgues hará cambiar mis acciones. Una vez
que tengo tu voto, ya tengo todo lo que quería de ti. Ahora, cállate y
no molestes.

Así, podemos ver como las acciones de los
políticos, en realidad, están guiadas por aquellos que se encuentran en
la capacidad de influenciar.
Mediante donaciones económicas o
intervenciones de otro tipo durante la campaña, una serie de personajes
de oscuros intereses consiguen una cuota de influencia que, tras el
mágico momento de la liturgia electoral, pasan a ejercer. Los
políticos, además, han entrado en este juego de manera descarada y con
todas sus consecuencias: la actividad de los lobbies se ejerce a plena
luz del día, y el político de turno se reúne con ellos, se fotografía y
sonríe, cuando en realidad está pactando para actuar en contra de la
voluntad popular, en contra de los intereses de aquellos que les
votaron.

Mientras toda la red y la calle se
pueblan de opiniones en contra de, por ejemplo, los cambios en la
legislación sobre propiedad intelectual, los políticos de turno se
reúnen con los lobbies de las discográficas y fabrican una ley a su
gusto para intentar perseguir a los pacíficos ciudadanos. ¿Escucharlos?
¿Para qué? Total, ya votaron… Pero no pasa nada, lo aceptamos como
inevitable, es algo que ya no escandaliza a nadie lo más mínimo.

politica_edans01.jpgEn
realidad, estamos hablando de un fenómeno que los que vivimos en la red
ya conocemos: la diferencia entre la red del siglo pasado y la de éste,
que algunos llaman pomposamente "web 2.0"
. La diferencia
fundamental estriba en la reversión del llamado “paradigma de
interacción”: antes, las empresas y los medios dominaban la interacción
y producían contenidos que el cliente, simplemente, consumía. A las
empresas, en realidad, sólo les interesaban dos partes del cliente: sus
globos oculares, y su cartera. Con los primeros, consumía publicidad,
con la segunda, compraba. Todo lo demás, era un estorbo.

En política, la situación es aún peor: el ciudadano se limita a votar. De los ciudadanos, al político únicamente le interesan sus papeletas,
sus votos: un efímero momento que ocurre cada cuatro años tras un arduo
proceso de lavado de cerebro que dura algunas semanas llamado campaña
electoral. Tras emitir el voto, el ciudadano desaparece. Sólo queda una
métrica llamada número de escaños que además, de por sí, también
resulta absurda: ¿para qué queremos, bajo el esquema actual, un número
de señores cuyo cometido es ir todos los días – cuando van – a un sitio
para simplemente apretar un botón? ¿Por qué no va uno solo, pagamos un
solo sueldo, y aprieta el botón tantas veces como escaños haya
conseguido?

Esas preguntas, tan aparentemente simples, revelan la crisis a la que nos enfrentamos. Si la política, merced a los intereses de los partidos, ha devenido en
algo así, es que hemos conseguido superar las más elevadas cotas del
absurdo intelectual.

Pero todos sabemos que eso está cambiando. En la red, las personas han adquirido ya un papel diferente. Hablan, opinan, y se les escucha. Y empiezan a influir sobre las
empresas, algunas de las cuales –las más adelantadas– se dan cuenta de
que no basta con ofrecer un producto, con prometer cosas. Hay que estar
en la conversación. Hay que saber lo que los clientes quieren,
entenderles, responder a sus quejas y reclamaciones, y utilizar su
experiencia para ir mejorando el producto. Pronto, no compraremos
productos de empresas que no estén en la conversación. Las empresas que
nos hablen de misiones y visiones grandilocuentes y vacuas caerán en
nuestras preferencias frente a aquellas capaces de dialogar, de
mantener una comunicación natural y fresca, de ofrecernos una
interlocución real. Las que respondan más rápido a nuestras demandas,
se llevarán nuestro negocio. Las que no, cerrarán.

La política de hoy es como una gran máquina empresarial, con todos los defectos del mundo de la empresa exagerados. Es como una empresa que nos quisiese vender un producto, pero que
resultase enormemente ineficiente, que sólo escuchase a sus clientes
una vez cada cuatro años, que mintiese de manera descarada y obvia en
su publicidad. Y además, sin un lugar donde reclamar. Es la política
del siglo pasado, la política 1.0, un absurdo conceptual inaceptable en
el entorno tecnológico e interconectado que vivimos actualmente, y al
que los políticos ni se acercan. Son políticos del siglo pasado,
partidos del siglo pasado, sistemas del siglo pasado. Se acerca el momento de cambiar.

Artículo original en Libertad Digital

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Imagen de Rita Zerrizuela

Lo estamos viviendo

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