

Al acción de Beresford, como narraba el capítulo anterior, tendiente a exaltar la importancia de la ciudad-puerto, fue el germen de la prepotencia porteña en los destinos nacionales.
No se puede negar el mérito de los habitantes de Buenos Aires en esa emergencia. Sin la acción de éstos, todo permite suponer que la Gran Bretaña hubiera extendido sus conquistas por toda América del Sur, máxime cuando la política estaba dirigida por el colonialista lord William Wyndham Grenville. Pero resulta excesivo, desde el punto de vista institucional, que esos meritorios habitantes se abrogaran el derecho de quitar y confiar funciones específicas que escapaban a la jurisdicción municipal.
El pueblo de Buenos Aires – y no el pueblo argentino – ejercitó el 14 de agosto de 1806 un acto indudable de soberanía, al margen de lo que quisieran las demás provincias y a despecho de los argumentos jurídicos del recalcitrante y asustado sector peninsular, que veía en este acto la intervención multitudinaria en los negocios públicos.
Sin embargo, no debe considerarse esta participación popular como algo inusitado o intempestivo. No faltan antecedentes en la América española que avalan actitudes semejantes de vecinos impelidos a resolver expeditivamente situaciones conflictivas en el orden institucional. Quizá el primer caso se haya presentado en Veracruz ( México), cuando el Cabildo y el pueblo, inspirados en la más rancia tradición hispánica de la guerra de fronteras, encomendaron a Hernán Cortés la jefatura de las operaciones.
Más tarde, la revuelta de los peruleros contra las Leyes Nuevas de 1547 puso de manifiesto el derecho de los vecinos de una ciudad hispanoamericana a defender sus fueros, principio que se mantuvo con motivo de los múltiples conflictos asunceños, el levantamiento de los criollos santafecinos y las reclamaciones de los comuneros de Paraguay y Nueva Granada.
Bien habían aprendido los americanos a obedecer y no cumplir las disposiciones metropolitanas, cuando eran opuestas al interés popular. A fin de cuentas, los porteños no innovaron, ejecutaron un antiguo derecho que, a su hora, habría de ser reconocido incluso por Sobremonte, que el 28 de Agosto delegó el mando militar en Liniers. Así, por un acto de fuerza emergente de la voluntad multitudinaria, Buenos Aires impuso al caudillo popular como jefe militar del Virreinato, ante la inopia de la autoridad legítima que no había podido resolver una grave emergencia. Con ello, el pueblo porteño sentó en el Río de la Plata un precedente harto significativo, al tiempo que impuso su supremacía política sobre las demás provincias.
La consolidación de la voluntad porteña
El 22 de noviembre de 1806 el emperador de los franceses declaró categóricamente el bloqueo continental contra Inglaterra. Y si hasta entonces los británicos se veían apurados por las sucesivas agresiones de Napoleón Bonaparte, a partir de ese momento la necesidad de buscar nuevos mercados ultramarinos se tornó urgente y angustiosa. La aventura de Popham había tenido cierto éxito, y era razonable esperar que un ejército regular lanzado contra el Río de la Plata podía dar a la Gran Bretaña un amplísimo campo de acción económica.
Otra vez los navíos ingleses surcaron el río como mar, pero ahora con la intención avasalladora y colonizadora. En esta oportunidad la conquista debía iniciarse por Montevideo y el 3 de febrero de 1807 cayó la capital oriental en poder del general Samuel Auchmuty. Ruiz Huidobro quedó prisionero y Sobremonte, enteramente desprestigiado por su inoperancia, rodaba de aquí para allá sin atinar remedios a la situación ni hallar soluciones practicables. Casi simultáneamente, Beresford y Pack, con la ayuda de Saturnino Rodriguez Peña y Aniceto Padilla, conseguían huir a Montevideo. El peligro de una segunda invasión a Buenos Aires era inminente.
Sin en la otra oportunidad las decisiones de Sobremonte podían ser comprensibles para un observador ecuánime, por la esperanza de hallar refuerzos para organizar una acción efectiva, ante la nueva situación nada podía justificar la perplejidad del marqués. Y los porteños, exasperados, consumaron la revolución iniciada el 14 de agosto anterior. El 6 de febrero de 1807 la Plaza Mayor fue inundada nuevamente por una multitud que a gritos pedía la exoneración de Sobremonte y de los tímidos miembros de la real Audiencia. El petitorio popular exigía “ deponer al seor marqués de Sobremonte de sus cargos, porque si no, corría mucho riesgo esta Capital y aún todo el Reino por las pruebas que tenía dadas el referido marqués de imperito en el arte de la guerra y de indolente en clase de gobernante”.
Los porteños lograron sus propósitos: el virrey fue suspendido y arrestado, y Liniers quedó prácticamente impuesto como jefe supremo del Virreinato, con la misión de abortar los intentos conquistadores de los ingleses.
Fuente: Crónica Histórica Argentina – Tomo I - Pás. XIX y XX - A.J. Pérez Amuchástegui
Imagen solo a título ilustrativo













































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