

El alborozo porteño tras la reconquista fue extraordinario. Aquellos pobladores que habían sentido vergüenza de ser vencidos por un puñado de gringos veían ahora arrojar las armas británicas a sus pies, y contemplaban el dolorido gesto de Beresford y sus bizarras tropas mientras rendían honores al jefe vencedor y al pueblo victorioso. La bandera del otrora invicto regimiento 71, junto con otros estandartes de unidades inglesas, eran trofeos de guerra que Buenos Aires debía guardar celosamente en recuerdo de aquellas horas de temerario arrojo.
Los porteños se sentían héroes y no les faltaba motivo. La figura de Santiago de Liniers y Bremond adquirió contornos épicos para el sentimiento popular y, paralelamente, se derrumbó de manera estrepitosa el prestigio del marqués de Sobremonte. Los habitantes de Buenos Aires, autoconvencidos de su fuerza y eficiencia, no podían perdonar al Virrey la falta de confianza en el pueblo porteño. La marcha del virrey al interior y la elección de Córdoba como capital provisional del Virreynato fueron sucesivas bofetadas al sentimiento local.
La acción de Sobremonte fue vista como una fuga cobarde, como un abandono de funciones en momento de peligro, como una traición canallesca. Y como el marqués no fue capaz de organizar las fuerzas del interior, su ineficacia dio fundamento a la acusación de infamia. Un mes antes de la reconquista algunos promotores juramentados habían resuelto la expulsión del virrey que, a la sazón, estaba desorientado respecto de la estrategia a emplear contra los ingleses. Los porteños, justificados por la victoria, querían cobrarse el abandono que estimaban afrentoso.
La revolución de Agosto.
Apena producida la rendición de Beresford, aquellos mismos promotores de la lucha que execraban
al virrey se ocuparon de señalar públicamente su ineptitud tachándolo de pusilánime, desertor y felón. La campaña difamatoria culminó el 14 de agosto, ante rumores de que Sobremonte llegaría a la ciudad para asumir el gobierno y el mando de las tropas.
El día anterior se había convocado a cabildo abierto, para que se pudiera discutir en asamblea la situación creada por la victoria; y es de notar que a esa reunión, auspiciada por el Cabildo – en donde dominaba Martin de Alzaga – no se invitó al francés Santiago de Liniers. Reunida la asamblea el día 14, colmáronse las galerías y las escaleras del edificio capitular, y la plaza fue invadida por una muchedumbre que, azuzada por exaltados cabecillas, presionaba a los asambleístas a que tomaran medidas rigurosas contra el impopular virrey.
Mientras la multitud clamaba en Buenos Aires, en Montevideo el gobernador, Ruiz Huidobro, esperaba confiado la restauración del orden institucional, y el resto del Virreinato vivía en completa calma. Pero los porteños habían obtenido un señalado triunfo que, sin duda alguna, consolidó la autoridad española en el Río de La Plata. Y entendían que por ello tenían derecho a disponer quién afianzaría y protegería esa autoridad restaurada. De nada valieron las sensatas reflexiones del obispo Benito Lué y Riega, avaladas por el consejo de severos y doctos personajes de la Real Audiencia, tendientes a poner de manifiesto que cualquier innovación representaba un atropello a la majestad del rey que había confiado a Sobremonte el gobierno militar y civil de estos territorios rioplatenses.
Los porteños, demasiados seguros de sí mismos, estaban dispuestos a asumir por su cuenta la representatividad del Virreinato entero. Y como contaban con la fuerza local, fue inútil toda resistencia. La asamblea capitular, presionada por la turbamulta que vociferaba en la plaza, declaró que Sobremonte no podía reasumir el mando militar, al tiempo que encomendaba al caudillo popular de la reconquista el ejercicio de esas funciones castrenses propias del virrey.
La intervención popular
Sobre este particular, es hasta un lugar común afirmar que por primera vez el pueblo argentino ejerció su soberanía. Como generalización ponderativa, tal aseveración puede tolerarse; pero como realidad histórica deja muchísimo que desear. El pueblo rioplatense, como entidad colectiva geográficamente delimitada, nada tuvo que ver con este asunto. Fue un episodio exclusivamente porteño, sin participación ni ingerencia alguna de las demás provincias que – mientras no se demuestre lo contrario – confiaban en Sobremonte.
Los montevideanos, dos meses más tarde, lanzaron contra el marqués acusaciones terribles, sin duda; pero ya había triunfado la insurrección en Buenos Aires sin que intervinieran para nada los vecinos orientales. En el resto d elas provincias, ningún movimiento d eopinión manifestó repudio al virrey ni dio muestras de de apoyo a la rebelión porteña Incluso en Buenos Aires muchos capitulares abandonaron el recinto para impedir la votación, pero ello no fue óbice para que la voluntad multitudinaria pusiera en obra sus proyectos.
Indudablemente, en Buenos Aires se produjo una revolución popular, ya que en la plaza estaba presente una multitud heterogénea que exigía la toma del poder militar por Liniers. Pero debe señalarse con claridad que no fue un movimiento rioplatense, sino meramente porteño. El Cabildo de Buenos Aires, por primera vez en la historia argentina, asumió gratuitamente la representatividad del Virreinato todo, y resolvió por su cuenta y riesgo, por pedido de los vecinos congregados, modificar el status existente.
Desde ese preciso momento Buenos Aires instauró su dominio en el Virreinato, y a partir de entonces las decisiones porteñas adquirieron carácter general. Como se ha dicho ya, la acción de Beresford tendiente a exaltar la importancia de la ciudad-puerto fue el germen de la prepotencia porteña en los destinos nacionales.
Fuente: Crónica Histórica Argentina
Pág. XVII-XVIII y XIX













































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